La fecha exacta se perdió en los días que formaron siglos. El lugar fue borrado por la civilización que lo cubrió todo de cemento. Los nombres se fueron olvidando en la boca de los narradores hasta perderse ya hace muchas generaciones. La choza se hallaba rodeada por la tribu. Dentro la esposa del cacique estaba pronta a dar a luz a su primer hijo.
Las mujeres invocaban a sus dioses para que naciera una niña, deseando que fuera aun mas hermosa que su madre, quien fue raptada en tierras lejanas por el valiente que estaba próximo a ser padre.
Los guerreros danzaban a sus dioses de la guerra. Su canto era de triunfo, querían que fuera varón, tanto más valiente que el cacique de las mil victorias. El llanto del recién nacido hizo saber a todos que la madre había terminado en su sufrimiento y un nuevo ser se sumaba a la tribu.
Un majestuoso cacique apareció en la puerta de la choza, las mujeres sellaron sus labios, los guerreros detuvieron sus danzas, todo fue silencio y el anunció que su esposa era feliz al tener una niña.
Pasaron los años convirtiéndose la niña en una hermosa jovencita a la cual muchos valientes soñaban con desposar. Por la selva empezaron a sentirse voces extrañas, el cual hablaba un lenguaje desconocido para ella, pero que sonaba dulce a sus oídos, despertando su corazón.
Desde las sombras, una certera flecha lanzada por un guerrero celoso les quebró la promesa de vivir eternamente unidos. Su rostro, a pesar de los besos desesperados de ella, se ponía frío y una angustia indescriptible sacudió su cuerpo.
El alma del joven debió irse al cielo de su Dios, Ella quedó sintiendo en su vientre un ser en formación.
El cuerpo del español fue enterrado en un pedazo que la América no alcanzó a conquistar.
Ella se abrazó a la tierra que lo cubría. Su dolor fue tan intenso que al dios del amor decidió el milagro. El llanto de la moza regó la tierra de la sepultura del amado y empezó a crecer hierba, que luego se trasformaron en arbolitos, cuyo fruto tuvo la forma de sus lagrimas de color verde en un comienzo, amarillo intenso al estar maduros, por lo que fue llamado Árbol de la lagrimas de oro. El tiempo pasó y el árbol es ahora conocido con el nombre de papayo y su fruto, como papayas, las lagrimas de oro de la indiecita.

La fecha exacta se perdió en los días que formaron siglos. El lugar fue borrado por la civilización que lo cubrió todo de cemento. Los nombres se fueron olvidando en la boca de los narradores hasta perderse ya hace muchas generaciones. La choza se hallaba rodeada por la tribu. Dentro la esposa del cacique estaba pronta a dar a luz a su primer hijo.

Las mujeres invocaban a sus dioses para que naciera una niña, deseando que fuera aun mas hermosa que su madre, quien fue raptada en tierras lejanas por el valiente que estaba próximo a ser padre.

Los guerreros danzaban a sus dioses de la guerra. Su canto era de triunfo, querían que fuera varón, tanto más valiente que el cacique de las mil victorias. El llanto del recién nacido hizo saber a todos que la madre había terminado en su sufrimiento y un nuevo ser se sumaba a la tribu.

Un majestuoso cacique apareció en la puerta de la choza, las mujeres sellaron sus labios, los guerreros detuvieron sus danzas, todo fue silencio y el anunció que su esposa era feliz al tener una niña.

Pasaron los años convirtiéndose la niña en una hermosa jovencita a la cual muchos valientes soñaban con desposar. Por la selva empezaron a sentirse voces extrañas, el cual hablaba un lenguaje desconocido para ella, pero que sonaba dulce a sus oídos, despertando su corazón.

Desde las sombras, una certera flecha lanzada por un guerrero celoso les quebró la promesa de vivir eternamente unidos. Su rostro, a pesar de los besos desesperados de ella, se ponía frío y una angustia indescriptible sacudió su cuerpo.

El alma del joven debió irse al cielo de su Dios, Ella quedó sintiendo en su vientre un ser en formación.

El cuerpo del español fue enterrado en un pedazo que la América no alcanzó a conquistar.

Ella se abrazó a la tierra que lo cubría. Su dolor fue tan intenso que al dios del amor decidió el milagro. El llanto de la moza regó la tierra de la sepultura del amado y empezó a crecer hierba, que luego se trasformaron en arbolitos, cuyo fruto tuvo la forma de sus lagrimas de color verde en un comienzo, amarillo intenso al estar maduros, por lo que fue llamado Árbol de la lagrimas de oro. El tiempo pasó y el árbol es ahora conocido con el nombre de papayo y su fruto, como papayas, las lagrimas de oro de la indiecita.